Mostrando entradas con la etiqueta lecturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta lecturas. Mostrar todas las entradas

jueves, 19 de diciembre de 2013

Miedos de Ciencia Ficción

En estos días, llegó a mis manos un informe de Ericsson sobre movilidad y tendencias de consumo en gadgets. Claro, mi nuevo y flamante trabajo es más digital y de redes sociales que nunca antes, así que es un must para mí darme un clavado en esa información. Para quienes me conocen o siguen redes sociales es obvia mis fascinación por el campo de las nuevas formas de comunicarse y "socializar". Esto desde luego representa una de la más grandes contradicciones con las cuales mi cabeza loca se ha acostumbrando a procesar el mundo. Esta entrada habla de esa paradoja. Ya les he hablado de mi amor por la Ciencia Ficción, lo cierto es que, como todos los romances, este también tiene sus partes sombrías. Ericsson cree que usar partes del cuerpo como acceso a gadgets es una tendencia importante que irá al alza. Hace años que hay laptops cuya contraseña es la huella digital del usuario, incluso en algunos trabajos ya checas entrada del mismo modo. No se necesita mucho, la previsión es que la identidad digital de una persona estará cada vez más interconectada y compacta, adiós a la dispersión. Todo suena de maravilla cuando nos damos cuenta lo maravillosa que es la tecnología y como avanza a pasos agigantados, pero...

Aún recuerdo la inquietud que me invadió cuando leí 1984 de George Orwell, fue mi primera novela distópica. Para una niña que la leía cerca de 1997, la idea de que podría haber nacido en un mundo así (por ahí del año 85) era impactante. Si hay algo que Un Mundo Feliz, Farenheit 451, V deVendetta y hasta pelis como Gattaca o Matrix me enseñaron es que tanta bonanza y evolución suele ser engañosa. Al final tanto afán de una vida invadida de tecnología puede anular la privacidad y hasta la capacidad de elección de las personas. Ya sea por medio de una falsa ilusión de satisfacción absoluta o por medio de la manipulación, la humanidad se va perdiendo en arras de los intereses de los poderosos. Al final algunos héroes logran el cambio, otros tantos, no. 


Entiendo que la realidad y la ficción son cosas distintas, aunque la primera a menudo supera a la segunda. También soy bastante friki y exagerada. Aún así creo que vale reflexionar sobre el punto en la sociedad enchufada en la cual vivimos. Uno puede salir a un café y ver a una pareja sentada frente a frente mirando sus smartphones en vez de interactuar. Todos tenemos un amigo/a quien a veces nos cabrea porque no suelta el teléfono ni un segundo, hasta creemos que le va a entrar un ataque cuando la batería del aparatito se acaba...

Más allá de mis miedos y paranoias, me parece que la verdadera lección de las historias distópicas es recordarnos la importancia de construir la clase de mundo en el que queremos vivir en vez de dejar que él nos construya a nosotros. Gracias a las redes sociales he conocido a gente maravillosa, eso tal vez no habría sucedido nunca hace unas tres o cuatro décadas. Es gracias a la tecnología moderna que puedo conectarme al Skype y charlar con mi familia y amigos en otros estado de la república, ¡hasta en otros países! Los avances nunca son malos o buenos per sé, pero soy una firme convencida de usarlos como herramientas, en vez de convertirlos en el centro de nuestra vida e interacciones sociales. 

domingo, 8 de diciembre de 2013

Con la cabeza en las estrellas: la Ciencia Ficción y yo

El primer recuerdo de la Ciencia Ficción en mi vida va ligado al entrañable ET de Steven Spielberg. Recuerdo que mis papás la tenían en un video (sí, un VHS) y yo pedía verla bastante a menudo. La idea de mundos fantásticos no me era ajena, para cuando vi la película por primera vez (tendría unos 5 años) pero eso de la vida en otros planetas capturó mi imaginación de forma poderosa. Ya no sólo estaban las posibilidades infinitas de los mundos de fantasía, también había todo un universo -que mi mente percibió como más cercano- por recorrer. En vista del éxito obtenido, mi padre (gran fan de Star Wars) no dudó ni un momento antes de introducirme a la clásica trilogía de George Lucas. No sólo la adoré desde un inicio, también quise ser una Jedi cuando fuera mayor, pero aún más allá de eso, desee ver y leer más obras así.

El primer relato de Ciencia Ficción que recuerdo haber leído en mi vida fue un fragmento de Ylla de Ray Bradbury. La rica descripción de los ambientes de la sala de estar marciana, de la vida cotidiana del señor y la señora K, me cautivaron como nunca. Mi padre adoptivo, gran lector y amante de la ciencia ficción, decidió darme a leer las Crónicas Marcianas. No pasó mucho antes de que le pidiera más libros del mismo autor, para cuando me dí cuenta ya estaba  leyendo como posesa a Asimov, Heinlein, Matheson, Frank Herbert, Orson Scott Card, Marion Zimmer Bradley, y muchos más. Pero aunque los libros son mi medio favorito, hay muchos más.

Fui lo suficientemente afortunada de crecer en una época en la cual no sólo daban repeticiones de Perdidos en el Espacio, Tierra de Gigantes y Dimensión Desconocida. También pude ver de primera mano series maravillosas como Firefly, Farscape, Stargate y Expedientes Secretos X. También los fines de semana de maratones de Star Wars, Volver al futuro, Terminator y Alien llenaron mi infancia. Está de más mencionar a mi adorado Doctor Who, que se ha ganado un sitio inamovible en mis preferencias. 




Para mí, la Ciencia Ficción es una oda a los avances tecnológicos, pero más allá de eso a las emociones humanas. Desde Frankenstein de Mary Shelley (novela considerada como pionera del género), pasando por las Fundaciones de Asimov y hasta novelas más modernas que coquetean con el Cyberpunk, Steampunk o la distopía cada una me ha hecho explorar universos maravillosos, se trata de una experiencia de viaje extrema. No sólo está limitada a este mundo, va mucho más allá. Mi romance con el género se fundamenta en que nunca deja de sorprenderme y hacerme soñar. El Sci-fi es un género increíblemente rico y lleno de posibilidades, además, nos hace vernos como humanos. A veces no es un descubrimiento el que define la historia sino el motivo tras de él. ¿Cómo olvidar al entrañable R. Daneel Olivaw de Asimov? El robot que crea esquemas enteros sólo para mejorar las posibilidades de supervivencia de la raza humana en mundos mejores. ¿Cómo negarse a un buen susto como el que nos ofrece La Mosca o La cosa? También están esas historias de Angélica Gorodischer para dejarnos perplejos. El género admite todo tipo de licencias, basta recordar las deliciosamente divertidas aventuras que nos obsequia Connie Willis o el estilo irreverente de Douglas Adams. Ambos autores son capaces de lanzar agudas críticas a la sociedad envueltas con el placer que solamente reírnos de nosotros mismos puede otorgarnos. 

A lo largo de mi vida he reído, llorado y suspirado con historias de Ciencia Ficción. Las carcajadas que me arrancan los ataques de Marvin, las lágrimas que amenazan mis ojos cuando pienso en la  muerte de Dors Venabilli, mi crush adolescente con Paul Atreides o Han Solo perduran como imágenes de una vida muy bien leída. Más allá de tan citado "escapismo" tan popular últimamente para describir a los fans empedernidos de la Fantasía o la Ciencia Ficción de verdad creo que esos géneros (la literatura en general) abren nuestro entendimiento sobre la naturaleza humana y sobre el mundo que nos rodea. No sólo se trata de evadir la realidad, sino de conocerla mejor gracias a los nuevos ojos que la imaginación nos da. ¿Cómo no amar perdidamente algo que alimenta nuestra mente? Imaginar es un tesoro en los tiempos rígidos que vivimos, cuando pareciera que uno debe encajar dentro de un esquema prediseñado o ser un exiliado de la normalidad. Por ello, me limito a buscar en los confines del espacio, donde la normalidad no es nada y la vida es una aventura inesperada en la cual cada quién escribe su parte como le da la gana. 

sábado, 11 de agosto de 2012

El prisionero de Zenda


 Hace unos días hablaba con una de mis mejores amigas sobre libros -sí, mis mejores amigas también son bastante frikis y ñoñas-, “Alicia en el país de las Maravillas”, un compendio de mitología celta y griega, “El principito” y “El príncipe feliz” desfilaron como los primeros libros que recuerdo haber leído en la vida.

También confieso que los releo a menudo, una sola vez jamás será suficiente. Ni mil más. No obstante, hubo uno que no salió a relucir, pero sí marcó mi vida de una forma muy especial -debo admitir que la lista de libros que han marcado mi vida es enorme, pues cada uno me ha aportado muchas cosas diferentes-. El volumen en cuestión, es “El prisionero de Zenda” de Anthony Hope, con el cual inició mi desmedido amor por el género de aventuras.

No sólo creo que Rudolf Rasendyll contribuyó a mi obsesión con los pelirrojos (la cual existe en mi mente desde que tengo uso de razón), fue uno de mis primeros amores literarios. Ese sentido del honor y la valentía -que luego hallaría en muchos otros como mi eterno Mr. Darcy- iluminó mis adolescencia de forma impensables. Sus coqueteos con la princesa Flavia fueron uno de mis primeros acercamientos al amor romántico y los sueños imposibles que una tiene como adolescente.

También estaba el malvado Michael queriendo hacerse del trono por cualquier medio y esos personajes tan aborrecibles. Ellos me enseñaron que en la vida siempre hay algún ambicioso antagonista dispuesto a hacerte la vida miserable, pero que sin ellos ni hay héroes ni hay acción.

Al final, incluso después de jugarse la vida y de una fuerte lucha interna entre lo que quiere y su deber, Rudolph termina por no quedarse con Flavia. En ese momento “El prisionero de Zenda” reforzó lo que “El principito”, “El príncipe feliz” y hasta “Mujercitas” ya me habían enseñado: la nostalgia forma parte de la existencia humana, es ineludible.

La aventura, nuestra preciada capacidad de ser nosotros y elegir, a menudo requiere sacrificios dolorosos.  Él podría haberse quedado con la princesa, pero -más que deberle nada al rey- Rudolf se debía a sí mismo. No era Michael, ni el rey, para ser diferente necesitaba ser honorable y coherente en un mundo de cabeza, entonces le dice adiós a Flavia. De ahí surge la infame rosa que los une en la distancia, en el recuerdo agridulce de las cosas que nunca mueren, pero tampoco pueden ser vividas. Las personas vivimos de recuerdos, dependemos de nuestras preciadas memorias para recordar quienes somos. Más aún, de las preciosas pasiones y sentimientos que nos dan identidad.

IMAGEN: Librosgratis.net  (curiosamente es justo la edición que yo tengo y leí)