Esta semana releí uno de mis libros consentidos “Como agua para chocolate” de Laura Esquivel. En la novela, todos los amores, desamores y aventuras van ligados a la cocina, porque la protagonista, Tita, llega al mundo justo en ese peculiar sitio de la casa. Recuerdo haber visto la película en video en 1993, a los ocho años. Mi tía no se molestó en decirme que era muy chica para verla, al contrario, se puso a explicarme cada duda que tenía con la paciencia de un santo y la claridad de una amiga que se ponía a mi nivel. A mis padres no les hizo mucha gracia, pero como ya no había remedio se conformaron. El libro no pude leerlo hasta varios años después (tendría unos 12) en la biblioteca pública, pero la forma en la cual las recetas cuentan la historia lo volvió uno de mi favoritos.
La cocina siempre ha estado revestida de una magia ancestral para mí. En la sociedad machista en la que vivo -y de hembristas- la cocina es una especie de mancha, se dijo durante tanto tiempo que “ese era el lugar de la mujer” que incluso se convirtió en una frase que suena casi sucia, denigrante. Hace no mucho, tuve el honor de ser Beta Reader de una excelente novela donde dos de mis personajes consentidos son cocineras (desmintiendo ambas esa visión denigrante de la mujer aplastada por el patriarcado y encadenada a la cocina): Dass, una mujer muy independiente y moderna que ha hecho de su propio restaurante el local de moda y Naiciña la cocinera casera que ama su arte y alimenta a la familia con amor. El texto en cuestión es “La puerta de las tempestades” (que pueden leer AQUÍ, corran, les prometo que no se arrepentirán).
Yo crecí en un matriarcado, mi abuelita rara vez me dejaba meter mano a sus guisos, pero me dejaba ver como un rico pozole o una paella conviven con las hojaldras con mole (mis favoritas y estrellas de mis cumpleaños). Incluso en tiempos de crisis cuando la comida escaseaba, ella hacía magia con un hígado encebollado y papas. Mi abuelita mezcla su herencia española con esa mexicanidad que me parece la más bonita de todas (la de haber adoptado a este país como suyo a pesar de no haber nacido aquí, de cómo dice con orgullo “yo soy mexicana” aunque le queden rastros del ceceo). De esos años me quedó el mismo tic que a ella: me molesto mucho cuando alguien le mete mano a uno de mis platillos sin mi permiso (el cual rara vez otorgo).
Aunque mi familia materna es un matriarcado en toda regla (o quizás justamente por eso) la cocina nunca fue una labor exclusiva de mujeres. Ver a mi abuelito haciendo nieve de limón casera o algún guiso muy picante era pan de todos los días. Hasta la fecha no he conocido Hot Cakes más deliciosos y esponjosos que los de él. Tal vez como reflejo de tiempos más difíciles e ingratos, ahora nadie pasa por esa casa sin comer, cada visita mis abuelos insistirán en retacarme de comida. Así es como me recuerdan cuanto me quieren y se preocupan por mi salud.
Cuando se trata de cocinar mis padres también se llevan las palmas. Mi mamá biológica no es del tipo cocinero, cuando yo era pequeña ella siempre hacía ensaladas o carnes asadas, cosas simples. Mi papá biológico, por el contrario, es un chef consumado que aspira a realizar platillos gourmet, tan sólo recordar su modo especial de preparar salsas o hamburguesas me hace salivar. Mi padre adoptivo es un graduado y laureado de la cocina mexicana, creció en la fonda de su familia, enclavada en un colonia muy cercana al centro de la ciudad de México. Ahí entre el mole y los chiles rellenos (especialidades de la casa) que el mismísimo Salvador Novo (cliente habitual) y Octavio Paz degustaron. Él se mete a la cocina sólo en ocasiones muy especiales, como Navidad, cuando nos deleita con Romeritos, Bacalao a la Vizcaína y algún otro platillo sorpresa.
Los rumores dicen que él fue quien enseñó a mi mamá adoptiva a perfeccionar sus habilidades en la cocina cuando se casaron. Sea como sea, todos mis conocimientos prácticos sobre la cocina se los debo a ella. Si bien, en teoría mi abuela ya me había explicado mucho sobre especias y hierbas, mi mamá adoptiva me pulió. Me enseñó desde el truco para distinguir el cilantro del perejil hasta la concienzuda elaboración de los chiles en nogada (los cuales curiosamente aprendió de su padre, quien a su vez aprendió de su abuelo, el chamán). Mi madre adoptiva y mi abuela fueron justo quienes me mostraron una verdad entrañable: cocinar es dar amor.
La cocina es magia, no sólo porque alimenta todos y cada uno de los sentidos del cocinero (el ruido de los trastes, el olor de las preparaciones, la vista de cada ingrediente, el tacto de la comida y los utensilios, los sabores…). Cada vez que remuevo un guiso, veo mi conexión con la historia, soy la eterna Ceridwen moviendo el caldero de la Inspiración y la Sabiduría, soy la bruja de una aldea removiendo un remedio herbal para una fiebre, la madre que alimenta con un lánguido caldo a sus hijos a punto de dejar sus tierras asoladas de hambruna por un futuro más fértil. Cocinar es un arte, también un maravilloso ejercicio para la intuición, se vuelve un laboratorio cuando aprendes a dejar de lado las recetas ajenas e inventarte las tuyas. La comida, cuando se hace bien y con gusto, es la metáfora perfecta del amor, de ese en el que ponemos lo mejor de nosotros para alimentar el cuerpo y alma de nuestros seres queridos.
Por eso detesto que en la modernidad la idea de una mujer cocinando se haya vuelto uno de los enemigos públicos del feminismo radical, creo que ninguna mujer debe ser obligada a ello si no le da la gana, también estoy bien segura de que cocinar no es una actividad netamente femenina (como todo mi post explica), es más, muchos renombrados chefs en la actualidad son hombres. En realidad creo que absolutamente cualquier persona con ganas puede empezar a desentrañar esa maravillosa alquimia que es cocinar.
Imágenes:
Portada de "Como agua para chocolate" Suma de Letras
Hot Cakes de El blog del Chef
Ceridwen por UnripeHamadryad en DeviantArt



