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viernes, 2 de noviembre de 2012

Recordar ¿es volver a vivir?


El Día de Muertos es una de la grandes fiestas en mi amado México. Honramos a los fallecidos, los que se nos adelantaron en el camino, aquellos que ya no están pero nunca nos dejan. Soy relativamente joven, así que mis padres (tanto los biológicos como los adoptivos) siguen vivos, afortunadamente. Incluso tengo abuelos todavía, vamos que las pérdidas más duras en su mayoría no me han tocado ¿En su mayoría? Sí, en su mayoría, porque ya viví una dolorosísima: perder a un amigo.

Mi amistad fue un tanto atípica, esa mujer que me influyó enormemente no sólo me llevaba muchas décadas de vida, también fue mi maestra. Respondía al nombre de Celia María de los Ángeles Azuela González, curiosamente estaba emparentada con Mariano Azuela, el escritor. Dejó este mundo rozando los 90 años, cosa nada sorprendente considerando que su madre sí los sobrepasó y casi llegó a los 100.  Yo simplemente la conocía como Miss Ángeles. No sólo me enseñó las deliciosas diferencias entre el inglés americano y el británico, también música, pintura y -lo más importante de todo- sobre la vida.

Su muerte me dejó un gran hueco que a veces aún duele. No era joven, era inevitable y lógico estar preparado. Lo cierto es que hay heridas que no sanan. Todavía la veo cantar, sonreír, escuchar mis problemas... sus consejos aún resuenan en mi mente cuando los necesito, fuertes y claros, como si me los dijera de frente. Dicen que los amigos son la familia que escogemos, nada más cierto, me duele como familia, la quiero y la extraño como tal.

Así es como la muerte tiene sentido, recordándonos que es necesario atesorar y disfrutar a lo máximo lo que nos da la vida. Recordar es volver a vivir, por eso parte de Miss vive en mí, en cientos de personas a las cuales tocó en vida. Me consta, ella fue una de las personas más queridas por todos los que las conocieron, fue una vida maravillosa, la cual aún rinde frutos. Eso me hace sonreír. 

jueves, 2 de octubre de 2008

La muerte de un cubo Rubik


Era un día lluvioso, de esos ideales pra reflexionar, y reflexionar era lo que el cubo hacía. A lo largo de su vida había pasado ya por muchas manos, bueno, después de todo para eso estaba hecho. Miles de memorias gratas,y otras que no lo eran tanto, reclamaron su atención.

Lo había "resuelto" el tramposo de la familia, primero lo desarmó con mucho cuidado y luego colocó de nuevo las piezas en el orden correcto, el cubo ni se quejó (la gente tiene esa idea errónea sobre los sentimientos inexistentes de las cosas inanimadas, así pues, ¿Para qué molestarse?).

También recordaba con cariño a la hermana menor que lo armaba constantemente mejorando su velocidad a cada intento. Le encantaba pasar tiempo con ella, pero, a decir verdad también le habría gustado que la chica hiciese algunos amigos.

Mientras repasaba cada persona que lo había resuelto se dio cuenta de que llevaba más de veinte años en la familia, la sola idea lo llenó de orgullo. Pensando en las cifras supo que lo habían desarmado 30 veces, armado por la vía correcta unas 500, abandonado a la mitad más de 100 y que tres personas fueron llamadas "tarado"...bueno, eso no era agradable, pero no se puede tener todo en la vida.

Estaba tan sumido en sus pensamientos que no sintió el leve empujón hasta que había
aterrizado en el suelo, luego vino la patada asesina, ese golpe descuidado que lo catapultó
contra la pared.

- Oye, siento decirte que el cubo Rubik ha muerto- dijo el hermano menor con morboso
placer.
- ¿Pero cómo?- replicó su hermana.
- Mi mamá lo tiró de la mesa, lo pateó y lo hizo trocitos contra la pared.
-Ah...
- ¿Ves?, a ver si ahora si te consigues unos amigos.
-En cuanto pueda, compraré otro- remató ella.

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Este breve relato va con especial dedicatoria a todos aquellos que saben lo que es dejar de dormir por armar sin parar un cubo Rubik.